Muy poco tiempo le ha durado la careta a Luis Oliver. Una semana de buenas intenciones y un repugnante discurso populista ha servido para que algunos béticos creyeran que había llegado el nuevo Mesías. Parece increíble que muchos aficionados pudieran confiar en un tipo con una reputación empresarial tan macabra y un pasado futbolístico tan demoledor. Oliver ha destruido empresas y ha despedazado clubes a una velocidad de vértigo. El navarro es la antítesis de lo que debe ser un empresario y hace menos de quince días se convirtió en la pieza clave para formar la mejor representación teatral que ha urgido Lopera desde su llegada al club.
Pero el auto judicial emitido el pasado viernes por la jueza Alaya ha comenzado a sacar la verdadera personalidad de Luis Oliver. En varias entrevistas concedidas este fin de semana, el supuesto comprador de las acciones de Ruiz de Lopera ha dejado perlas que le definen claramente: “la oposición le ha hecho un daño terrible al Betis con la judicialización de la entidad”; “la decisión judicial es una zancadilla más en el camino pero por mi cabeza no pasa abandonar el Betis” o “según han comentado los abogados, con el tema tan revuelto habrá que esperar a la Junta de diciembre para exponer las cuentas y que sea lo que Dios quiera”.
Oliver tiene la desfachatez de acusar a la oposición en vez de fijar su atención a la persona que ha provocado la mayor crisis del Real Betis; Oliver tiene suspendidos los derechos de su paquete accionarial y se permite el lujo de indicar que va a seguir en el club y, por último, incumple una de sus primeras promesas al no convocar la Junta General de Accionistas.
El señor Oliver comienza a mostrar su verdadera cara, la de un salvador de pacotilla, con muy buenas palabras y muy mal fondo, que viene a aprovecharse como ya hiciera su antecesor. Oliver no puede estar un minuto más en el Betis porque sencillamente su supuesta operación de compra no tiene valor. El Betis no necesita de personajes como el navarro sino de personas que quieran luchar por el club con sanas intenciones. O por lo menos que sean béticos de verdad y no béticos de carta y pacotilla.
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